Muchas veces nos empeñamos en explicar lo que no tiene explicación,
en argumentar como lógico algo que es innecesario,
en trasladar al otro la culpa en donde no hay víctimas ni verdugos.

Siempre pienso que el culpable de todo es el miedo:
el miedo a errar, el miedo a perder, el miedo a no saber escoger…

En esos momentos es cuando hay que cerrar los ojos
y dejarse guiar por el alma,
sentir lo que el otro espera de ti,
intuir que en determinadas ocasiones
le mejor forma de decir estoy aquí,
es sin estarlo.

El otro entenderá mucho mejor el mensaje
y tú, muy dado a cometer errores infantiles,
quizás encuentres en ese momento la paz que tanto anhelabas.

Porque en muchas ocasiones,
el mejor abrazo,
el mejor beso
o la mejor disculpa,
es la que se da sin tocarnos,
con el corazón.

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