Ayer no tenía ganas de escribir. A veces me pasa, aunque no demasiadas. Generalmente porque cuando alguien está feliz, quiere desembocar su sensación en un escrito; pero cuando está triste, también le sucede. Es su forma de auto medicarse. Su cura.

Pero la verdad es que hoy al levantar tenía esa misma sensación hasta que he pensado, como muchas veces hago, que las cosas pasan por algo. Que no hay que tener miedo a los cambios y, sobre todo, que la peor forma de combatirlos es no haciendo nada. Es por eso por lo que dos minutos después de calzarme mis chanclas de estar por casa he dicho: “por dónde empezamos”.

Y he empezado. He andado, he llegado, he negociado, he discutido, he hablado, he sentido, he leído… y sólo al final de esa mañana, ojalá y la denominemos productiva de aquí a unos días, sólo al final de la misma, HE ESCRITO.

Porque hoy vuelvo a ser más yo. Porque hoy es el mejor día para recomenzar de cero. Para plantarle cara a todo lo que tenga que venir. Para seguir caminando. E incluso, para ESCRIBIRLO.

Y mañana más, ¡faltaría!

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